domingo, 24 de marzo de 2019

¿DÓNDE ESTÁN?


Las familias que viven la desaparición de un hijo, una hija, un hermano, una hermana, un primo, una prima, un tío, una tía, un padre, una madre etc., se enfrentan a lo que comúnmente llamamos un duelo, pero no solamente enfrentan las etapas normales del mismo, también enfrentan: la impunidad, el miedo, la mentira, el dolor, el silencio, el ocultamiento, el olvido, etc. La violación de todos los derechos humanos que hay alrededor de la desaparición y posible muerte complica el proceso de recuperación de toda la familia.


La primera necesidad expresada por los familiares es saber que ha pasado con la persona que aman, esto llega a ser una obsesión que les produce angustia intensa y duradera. A esto se suma la ausencia de voluntad de las autoridades para hacer que el fenómeno de las desapariciones deje de ocurrir. Por tanto, las familias se sienten solas, enfrentando en la cotidianidad su dolor, desesperación y angustia, a lo que se suman paulatinamente los problemas económicos producto de la búsqueda, e incluso, los generados por el ingreso que la persona desaparecida aportaba a la economía familiar. El apoyo de los primeros días se diluye poco a poco frente a otros desaparecidos a los que se les presta atención y se cae en el olvido social, más no en el olvido de la familia y los amigos. A veces, pasan años y encontramos que el sufrimiento está ahí en silencio, listo para resurgir a la menor oportunidad en la vida de la persona, asociado a eventos de la cotidianidad.

En estos procesos el tiempo no es importante, lo importante es qué se hace en ese tiempo. La incertidumbre es insoportable para el ser humano, pase lo que pase, definir alivia y permite comenzar el duelo formal, mientras se mantiene la esperanza, esta se vuelve un dolor repetitivo y cada vez más agobiante, cada posible señal revive la posibilidad y se repite nuevamente todo el dolor, la angustia y la desesperación con cada desilusión. Se activa un círculo vicioso que el tiempo no detendrá fácilmente… pasarán meses, años en este proceso deteriorando todo: salud emocional y física, relaciones familiares y sociales.
En este ciclo de ilusiones y desilusiones es común que las personas caigan en el absoluto descuido de sus necesidades e incluso la de sus familias, centrando toda su energía y atención en la búsqueda de su familiar desaparecido. Con el paso del tiempo tienden a aislarse de su entorno social y emocional y con ello privarse de apoyos externos. Trabajar con ellos “la vuelta a la cotidianidad” es importante, pero ante esa posibilidad se despierta la culpa por bajar la intensidad o dejar la búsqueda, ya que para esa madre, hermana, pareja, etc.,  significa abandonarla definitivamente e incluso usan la frase “dejar de buscar es matarle otra vez”. El sufrimiento por tener la oportunidad de vivir que él o la otra no tiene se vuelve intenso y limita el proceso de recuperación de varias generaciones familiares: desde abuelos hasta hijos o sobrinos… la realidad familiar de un desaparecido es una marca familiar que impacta la salud mental a futuro.

La culpa y la angustia familiar producto de la incertidumbre lleva a cuestionarse sobre la importancia de su vida y la de su familiar desaparecido: ¿Qué pasa cuando no esté?, cuando se llega a este punto es importante el papel que como sociedad se debe asumir, la importancia que cada uno de nosotros tenemos, que el recuerdo no desaparezca, que su existencia quede en constancia y su desaparición también, en esto juega un importante papel, ya que la inscripción de su nombre en un registro o en un monumento es parte del trabajo del dolor de estas familias. La importancia de que no se olviden y que con ello no desaparezcan definitivamente.

El no poder dar sepultura a una persona querida causa sufrimiento y culpa, encontrar el cuerpo por muy doloroso que sea, permite inicial un proceso sanador que a los familiares de los desaparecidos les es negado.

Además de todo lo anterior se ven enfrentadas a un proceso sumamente complejo: aceptar la maldad de otro u otros seres humanos. Desaparecer a otro es injusto desde cualquier punto de vista, para los familiares es mucho más difícil entender la voluntad de alguien para hacerle daño a su familiar. Se encuentran luchando contra el dolor, pero también contra la rabia de algo que ellos consideran podría haberse evitado, si el otro no hubiera deseado desaparecer a su ser querido. Similar dolor sufren los familiares de las personas asesinadas, con la diferencia que ellos viven un duelo traumático claro, en las desapariciones el comienzo de este duelo se alarga, están en la fase de impacto por la desaparición y suben y bajan de la ilusión a la desesperanza en un ciclo que se repite innumerables veces.

Lo escrito es solo un pincelazo de la vivencia cotidiana de las familias de los desaparecidos en nuestro país, la necesidad de que sean apoyados por especialistas en el área de la salud mental capacitados para casos de esta índole debería de ser parte importante de cualquier plan de gobierno central o municipal en El Salvador.


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