Las
familias que viven la desaparición de un hijo, una hija, un hermano, una
hermana, un primo, una prima, un tío, una tía, un padre, una madre etc., se
enfrentan a lo que comúnmente llamamos un duelo, pero no solamente enfrentan
las etapas normales del mismo, también enfrentan: la impunidad, el miedo, la
mentira, el dolor, el silencio, el ocultamiento, el olvido, etc. La violación
de todos los derechos humanos que hay alrededor de la desaparición y posible
muerte complica el proceso de recuperación de toda la familia.
La
primera necesidad expresada por los familiares es saber que ha pasado con la
persona que aman, esto llega a ser una obsesión que les produce angustia
intensa y duradera. A esto se suma la ausencia de voluntad de las autoridades para
hacer que el fenómeno de las desapariciones deje de ocurrir. Por tanto, las
familias se sienten solas, enfrentando en la cotidianidad su dolor,
desesperación y angustia, a lo que se suman paulatinamente los problemas
económicos producto de la búsqueda, e incluso, los generados por el ingreso que
la persona desaparecida aportaba a la economía familiar. El apoyo de los
primeros días se diluye poco a poco frente a otros desaparecidos a los que se
les presta atención y se cae en el olvido social, más no en el olvido de la
familia y los amigos. A veces, pasan años y encontramos que el sufrimiento está
ahí en silencio, listo para resurgir a la menor oportunidad en la vida de la
persona, asociado a eventos de la cotidianidad.
En
estos procesos el tiempo no es importante, lo importante es qué se hace en ese
tiempo. La incertidumbre es insoportable para el ser humano, pase lo que pase,
definir alivia y permite comenzar el duelo formal, mientras se mantiene la
esperanza, esta se vuelve un dolor repetitivo y cada vez más agobiante, cada
posible señal revive la posibilidad y se repite nuevamente todo el dolor, la
angustia y la desesperación con cada desilusión. Se activa un círculo vicioso
que el tiempo no detendrá fácilmente… pasarán meses, años en este proceso
deteriorando todo: salud emocional y física, relaciones familiares y sociales.
En este
ciclo de ilusiones y desilusiones es común que las personas caigan en el
absoluto descuido de sus necesidades e incluso la de sus familias, centrando
toda su energía y atención en la búsqueda de su familiar desaparecido. Con el
paso del tiempo tienden a aislarse de su entorno social y emocional y con ello
privarse de apoyos externos. Trabajar con ellos “la vuelta a la cotidianidad”
es importante, pero ante esa posibilidad se despierta la culpa por bajar la
intensidad o dejar la búsqueda, ya que para esa madre, hermana, pareja, etc., significa abandonarla definitivamente e
incluso usan la frase “dejar de buscar es matarle otra vez”. El sufrimiento por
tener la oportunidad de vivir que él o la otra no tiene se vuelve intenso y
limita el proceso de recuperación de varias generaciones familiares: desde
abuelos hasta hijos o sobrinos… la realidad familiar de un desaparecido es una
marca familiar que impacta la salud mental a futuro.
La
culpa y la angustia familiar producto de la incertidumbre lleva a cuestionarse
sobre la importancia de su vida y la de su familiar desaparecido: ¿Qué pasa
cuando no esté?, cuando se llega a este punto es importante el papel que como
sociedad se debe asumir, la importancia que cada uno de nosotros tenemos, que
el recuerdo no desaparezca, que su existencia quede en constancia y su
desaparición también, en esto juega un importante papel, ya que la inscripción
de su nombre en un registro o en un monumento es parte del trabajo del dolor de
estas familias. La importancia de que no se olviden y que con ello no
desaparezcan definitivamente.
El no
poder dar sepultura a una persona querida causa sufrimiento y culpa, encontrar
el cuerpo por muy doloroso que sea, permite inicial un proceso sanador que a
los familiares de los desaparecidos les es negado.
Además
de todo lo anterior se ven enfrentadas a un proceso sumamente complejo: aceptar
la maldad de otro u otros seres humanos. Desaparecer a otro es injusto desde
cualquier punto de vista, para los familiares es mucho más difícil entender la
voluntad de alguien para hacerle daño a su familiar. Se encuentran luchando
contra el dolor, pero también contra la rabia de algo que ellos consideran podría
haberse evitado, si el otro no hubiera deseado desaparecer a su ser querido.
Similar dolor sufren los familiares de las personas asesinadas, con la
diferencia que ellos viven un duelo traumático claro, en las desapariciones el
comienzo de este duelo se alarga, están en la fase de impacto por la
desaparición y suben y bajan de la ilusión a la desesperanza en un ciclo que se
repite innumerables veces.
Lo
escrito es solo un pincelazo de la vivencia cotidiana de las familias de los
desaparecidos en nuestro país, la necesidad de que sean apoyados por
especialistas en el área de la salud mental capacitados para casos de esta
índole debería de ser parte importante de cualquier plan de gobierno central o
municipal en El Salvador.

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